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El desconocido clásico japonés que despertó la curiosidad del mundo tras Perfect Days, de Wim Wenders: una meditación y una vida en torno al árbol como espejo de lo que amamos.
«Aya Koda nació hace más de un siglo, pero su prosa sigue siendo asombrosamente fresca».
Hiromi Kawakami
Cerezos, glicinas, cipreses hinoki, pinos de Ezo, cedros sugi de mas de siete mil años... Los árboles de Japón son emblemas de belleza que nunca dejan de cautivarnos. Desde niña, el padre de Aya Koda les regalaba árboles a ella y a sus hermanos, y les enseñó a plantarlos, a estar atentos a las plagas, a distinguir las variedades a partir de cada hoja y a dar las gracias con reverencias al jardinero. Ahí nació una relación de amor que cultivó a lo largo de su vida y que la llevó a ser consciente de su imprescindible valor y de la obligación que tenemos de cuidarlos.
Durante sus viajes por Japón para contemplar lo singular e imperecedero que se esconde en cada árbol, Aya Koda también asistió a desprendimientos de tierra, al trabajo de los taladores o se adentró en bosques cubiertos de ceniza. El fruto de sus viajes es esta hermosa colección de ensayos que iluminan el paisaje, la historia y la cultura japoneses, y nos hablan de la belleza, la pérdida, la fugacidad y los ciclos de la vida. Un clásico moderno que ha traspasado generaciones para recordarnos que los árboles son un espejo en el que reconocemos quiénes somos y qué legado queremos dejar en el mundo.
Óscar Caso, veterinario y ganadero, realiza en este libro una defensa necesaria de la ganadería, un sector que existe desde hace miles de años y que está siendo injustamente atacado, agravando así el problema de la despoblación del mundo rural y generando otros muchos e importantes daños.
Durante estos 20 años se ha producido una evolución en la mentalidad de la población urbana de la idea que hasta ahora se tenía del sector ganadero. Lenta pero inexorablemente ha ido pasando de ser un sector esencial a considerarse prescindible.
La desconexión de la sociedad urbana con el mundo rural se ha traducido fundamentalmente en la aparición de un fenómeno social, el «animalismo», o la consideración de los animales como seres con los mismos derechos que los seres humanos, que ha acabado derivando en un intento por prescindir de todos los productos alimentarios de origen animal, acusando a la ganadería de ser una práctica no ética, no sostenible y de producir alimentos poco sanos para los seres humanos, imputaciones injustas y, la mayor parte de las veces, carentes de fundamento y rigor. Y así, han surgido dietas alimentarias como el veganismo, y más recientemente otras que promueven una alimentación humana con productos artificiales, acercándose peligrosamente a la creación de un «pienso para humanos».
Este libro es una llamada a la responsabilidad y la sensatez. Una defensa imperativa para evitar como sea que algunos acaben definitivamente con un sector esencial para todos.
La actividad cerebral normal nos permite pensar abstractamente, siempre y cuando queramos decir con ello que hace que esa actividad sea posible. No podemos realizar actividades de cálculo matemático durante un accidente cerebrovascular ni estando en coma profundo. Los procesos cerebrales permiten que el cerebro funcione de la misma manera que la electricidad permite que funcione un ordenador portátil. Sin embargo, la actividad cerebral normal no genera pensamiento abstracto. Asimismo, el ordenador portátil no produce la difícil carta que a lo mejor estamos tecleando. Parece que la mente tiene un origen inmaterial y, de nuevo, no tenemos ninguna razón para creer que dicho origen sea mortal por naturaleza.